Festival of Tourist Interest
Gastronomyc Festivals
Festival of seafood
A Rapa das Bestas
LA BATALLA DE CATOIRA. El desembarco Vikingo.

Fiesta declarada de Interés Turístico Nacional. Catoira - Pontevedra.


“El número fuerte de este festejo es el 'desembarco vikingo', que presencian millares de personas desde las Torres de Catoira y desde el nuevo puente sobre la ría, que une las provincias de A Coruña y Pontevedra. Según las crónicas, “sobre las doce del mediodía hace su aparición por la ría de Arousa, el 'drakkar' vikingo, un improvisado pesquero hábilmente disfrazado con banderas, escudos, telas, armas de combate y, por supuesto, una terrorífica cabeza de dragón en la proa. En la cubierta de la embarcación, los 'vikingos' (jóvenes de la zona) danzan entre cantos y gritos, preparándose para el asalto a la fortaleza: lanzas de madera, hachas de verdad, cascos con grandes cuernos, barbas y pieles cubriendo el torso semidesnudo. A los ojos de los asistentes bien podría tratarse de una expedición del legendario Eric el Rojo, recién llegado de Normandía para traficar con pieles de focas, dientes de morsa o esclavos”. De cualquier modo, de lo que tratan los festeiros y los vikingos es de dar cuenta de los cientos de litros de vino y kilos de mejillones que se regalan o venden en los puestos instalados al efecto, junto con sardinas, pulpo y empanadas.”


De refilón pero no sin cierto aparato escenográfico y literario y buscando siempre la mitología del oro y las riquezas antiguas que los romanos procuraron y hallaron en nuestra tierra, hace dos milenios, Galicia forma parte de algunos de los pasajes más espectaculares de las sagas nórdicas que nutren el linaje mítico de los clanes y genealogías que poblaron la geografía imaginaria de Escandinavia, cuando solamente era un microcosmos de aldeas aldeanos violentos empeñados en repartirse el litoral de medio planeta. Los vikingos, comerciantes o guerreros implacables, según por dónde se mire y a quien interesa, llegaron al viejo Finisterre europeo en varias oleadas, atraídos tanto por el lejano eco de la codicia de los césares como por el magnetismo y la magia que en Occidente suscitó siglos después la aparición del sepulcro del Apóstol Santiago.

Almazán catalogó, con la precisión de un entomólogo, cuatro grandes oleadas para empaquetar en el libro las 'razzias' de los escandinavos en Galicia: la primera se inició en el siglo IX (año 844), la segunda entre los años 858 y 861, la tercera entre el 966 y el 971, y la cuarta desde el 1008 hasta el 1038.

Ésa es la base sobre la que, en un lugar de la ría de Arousa llamado Catoira, se celebra cada año la memoria de aquellas invasiones y donde, una vez más, el pulpo cocido y el vino, la fiesta – y, por tanto, los escarceos amorosos – y el olor a sal de las ensenadas atlánticas se mezcla con la crónica de batallas que posiblemente jamás se desarrollaron como nos la cuenta cada año, pero que haberlas las hubo.

En cualquier caso, los festivos choques entre inciertos guerreros de hoy forman parte de ese cosmos ibérico que hace de la guerra antigua una fiesta de actualidad y que basa su atractivo en la incertidumbre de la mayoría de nuestros mitos: en Galicia, la resabiada contienda entre moros y cristianos del Levante español muda su semblante por una apuesta sobre las olas de Arousa entre vikingos falsos y no menos falsos gladiadores del país.

Hay, en todo ello, una historia subyugante que – quedándose mejor con la espectacularidad de la fiesta que celebra la victoria – deja a un lado las amables teorías del comercio normando en Galicia.

En busca del ámbar

A mediados del siglo XIX se insistía en la existencia de fenicios de la vieja Iberia que habrían viajado al Norte, visitando la costa occidental de Jutlandia para negociar con el ámbar de sus inmensos parques forestales a cambio de estaño; e incluso mucho antes, por aquí abajo, ya circulaban descripciones de la geografía de la isla de Thule, mítica y real mismo tiempo y siempre magnetizante, emparentándola con la primera llegada de los normandos a nuestra tierra.

Así hablan, al menos, los “Annales Bertiniani” que definen a los vikingos como “piratae Danorum”. Durante el reinado de Ramiro I realizaron varias incursiones por la costa en dirección Oeste hasta llegar al puerto de A Coruña. Allí se desarrolló una batalla en la que sufrieron una grave derrota y la pérdida de muchos barcos.

Como las fuentes árabes nos relatan que los vikingos se vengaron en Sevilla (el día 1 de octubre del año 844) de la derrota sufrida en la bahía coruñesa, es de suponer que la primera incursión normanda en Galicia se produjese durante el verano del mismo año.

Los festivos choques entre inciertos guerreros de hoy forman parte de ese cosmos ibérico que hace de la guerra antigua una fiesta de actualidad y que basa su atractivo en la incertidumbre de la mayoría de nuestros mitos.

Después, en sus posteriores asaltos, los normandos optaron por adentrarse en Galicia a través de la menos peligrosa ría de Arousa: una bahía grande que se va estrechando poco a poco entre playas numerosas y recogidas, de gran comodidad para los invasores, que las utilizaban como lugares de descanso o bases para la repetición de los ataques. Además, al fondo de la ría arosana se encontraba Iria Flavia, que entonces era centro de prelados y el puerto más próximo a Santiago de Compostela, de donde llegaba la fama del oro de Galicia y de sus iglesias y catedrales.

“Cual huracán”, escribiría Antonio López Ferreiro, se echaron sobre Arousa y se llevaron cuanto quisieron de Iria Flavia, que a la sazón era la sede del obispo. Ante las noticias de la avalancha de hombres armados hasta los dientes, todo el clero reunido en Iria Flavia huyó buscando protección tras las murallas de Compostela. La ciudad, sitiada por los vikingos, hubo de pagar un fortísimo tributo y aún así los normandos no renunciaron a penetrar en ella. Poco después, fueron expulsados por el conde Pedro, dicen, noble bien resuelto que mató a cientos y levantó el sitio definitivamente.

Para entonces, la vulnerabilidad de la ría de Arousa e Iria Flavia ya había aconsejado sabiamente al cabildo a trasladar la sede episcopal a Santiago, donde se hallaba el famoso y además polémico obispo Sisnando – más soldado que prelado – el mismo que mandaba en la plaza, cuando, finalizando el milenio, los vikingos decidieron lanzar su tercera oleada de naves sobre Galicia.

Tanto la “Historia Compostellana” como el “Chronicon Iriense” coinciden en la descripción de un lugar llamado Xunqueira, donde los implacables invasores pusieron el pie para penetrar hasta el final de la ría, por tierra, recorriendo su banda derecha antes de arrojarse con ferocidad contra Iria Flavia desde un campamento establecido en la Bacariza.

Sisnando se hallaba en Santiago de Compostela presidiendo los oficios de cuaresma cuando le llegaron noticias del ataque. Posiblemente a grandes zancadas, gritando, llamando a la tropa, abandonó precipitadamente la basílica para hacer frente a los invasores, que ya se habían extendido por varios lugares de la comarca, matando y degollando, incendiando valles enteros, diversas aldeas y sembrando el pánico.

El obispo consiguió acorralar a los vikingos, según cuenta López Ferreiro, en un lugar antiguamente llamado Fornelos, ubicado a orillas del pequeño río Louro, a unos veinticinco kilómetros al sureste de Compostela.

Allí, sin embargo, las tropas nórdicas recuperaron su fuerza y tomaron otra vez la iniciativa: el 29 de marzo del año 986 mataron a Sisnando de un flechazo y el caos se hizo dueño de las huestes gallegas.

Con la victoria, los vikingos pudieron recorrer impunemente buena parte de la Galicia interior, llegando hasta los “Alpes montes Ecebrarii”, creando una situación de dominio.

Ulf, el Gallego.

Monasterios como el de San Xoán de Coba, en la ribera de Ulla, y el de Santa Eulalia de Curtis, entre otros, fueron arrasados, y tal debió de ser el impacto de los saqueos que una vez más la tradición popular se vio obligada a recurrir al benéfico poder de los milagros para hallar algo de paz en las aldeas.

Un día, por ejemplo, apareció en el horizonte del estuario del Masma una aterradora flota vikinga. Y la gente, presa del pánico, acudió al obispo Gonzalo, que tenía fama de ser muy santo y a menudo eficaz en sus oraciones.

Se dice que Gonzalo cogió su báculo y subió a la cima de una colina desde donde se veía la impresionante marea de buques piratas que se acercaba más y más a la costa. Allí, de rodillas, el obispo se puso a rezar rodeado del llanto de sus fieles. Las naves se hundieron una tras otra, y sólo un pequeño grupo se salvó porque así lo quiso el santo para que fuesen y contasen lo que había acontecido.

Aunque santos los hubo en ambos bandos, como Olaf, que en su expedición a Galicia saqueó y deshizo la ciudad de Tui. Snori Sturlson, que canta en una de sus sagas al rey Olaf, nunca mencionó – por supuesto - las tropelías que llevó a cabo en aquel período que precedió al inicio de los caminos que le llevarían a la santidad en Escandinavia.

Fue en aquella época, comienzos del segundo milenio, cuando los normandos comenzaron a cristianizarse y entre ellos pudo haber estado Ulf, a quien le llamaban “El Gallego” por ser Galicia el país en que había cosechado sus mayores éxitos como saqueador de pueblos y comarcas.


Fuente (Source): Andares Gozosos